MOLINO DE HIERRO

Molí de Ferro

Fuente: Cedida por la Antonio Vicedo Satores

1/5

Propiedad, equipamiento y destinos del edificio

 

El primer grupo de edificios que se observa aguas abajo de la Fuente del Molinar, pasado el depósito de aguas potables, se denomina Fábricas de Primera Agua. Todas ellas formaban parte de un conjunto fabril denominado también “Molí del Ferro”, nombre con el que hoy en día solamente se alude al primer edificio.

Según Molina (2011) el primer edificio se construyó como molino papelero alrededor de 1780 por Félix Aura, al reconstruir otro molino adjunto de su propiedad denominado del Hierro. El molino fue explotado en sociedad formada por su propietario Félix Aura y Juan Olcina.

Según el Proyecto para la rehabilitación y transformación del paraje de “El Molinar” en 1992 la fecha de construcción del edificio es de 1830.

En el Padrón industrial de 1823 aparecen como contribuyentes en la partida de Pagos, donde se ubican las fábricas descritas, José Aura por dos muelas de molino y Félix Aura por una muela.

Posteriormente, disuelta esta sociedad, fue explotada por Geroni Silvestre. En 1834 el edificio funcionaba como molino papelero y disponía de 2 tinas, 6 pilas, martinete y cilindro.

Esta finca fue adquirida, según consta en el Registro de la Propiedad, por Antonio Tort y María Pascual, quienes al fallecer dejaron en herencia a su hijo Jaime Tort y Pascual. Éste caso con Dolores Tort Casasempere  quien al fallecer en 1868 dejaba la propiedad a sus cinco hijos: cinco hijos Santiago, Eduardo, Federico, Enrique y Dolores. La fue valorada en 20.000 escudos. Antonio Tort dispusó por arrendamiento de otros molinos papeleros en la partida del Salt, como el del Batanet. Estos molinos fueron gestionados con ayuda de los hijos, formando sociedades con otros profesionales como Pedro Cort fabricante de moldes.

En la segunda inscripción de la finca ya queda constancia de su transformación en fábrica de papel “con seis tinas, movimientos, cilindros, baterías, enseres... con derecho a las terceras partes que fluyen de la fuente...”. El detalle de la inscripción es más significativo porque incorpora el derecho al agua, elemento esencial del que dependía en gran parte el valor de la finca. Esta inscripción cabe también relacionarla con otro hecho poco estudiado como es la desamortización de un recurso público, el agua, que pasó en una etapa de dificultad en el erario público a manos privadas.  En la misma inscripción igualmente, se recoge otra información significativa sobre la proceso de industrialización como es que el edificio estuviera asegurado. Por un lado, la noticia indica el riesgo de incendio que podía amenazar el edificio y por otro lado el surgimiento de empresas de seguros locales encaminadas a cubrir estas amenazas.

En la cuarta inscripción de la finca se especifica que disponía el molino de un salto de 29 palmos valencianos o 658 cm de salto. Esta noticia nos da idea de la importancia que se concedía al desnivel de terreno y que se aprovechaba para obtener la energía hidráulica, por lo que quedaba registrado. Pero la obtención de energía no dependía sólo del salto de agua, sino también del caudal que le correspondía. Por esta razón se recoge en la segunda inscripción la parte que disponía del caudal de la Fuente del Molinar: un tercio.

Al mismo tiempo la cuarta inscripción nos informa de otro hecho histórico muy significativo y de trascendencia para el desarrollo de la industria como fue el abandono de todos los sistemas de medida locales por uno internacional. En la información recogida se alude a palmos valencianos y a centímetros. Al respecto cabe señalar que en la introducción del sistema métrico decimal en la producción industrial jugaron un papel decisivo en la localidad tanto los maestros de escuela como la iniciativa de empresarios innovadores. En el primer particular destaca la figura del maestro J. M. Martínez Zerezuelo, autor de una publicación titulada Tablas de reducción de varas valencianas a metros y centímetros, de metros a varas, palmos y centímetros, valor de dicha vara desde uno a mil reales y equivalencia del metro y viceversa. En el segundo  caso destaca la iniciativa del empresario Eduardo Pla Amigó, quien introdujo el sistema métrico en su hilatura y que sirvió de modelo para otros empresarios. Por esta razón el sistema métrico fue conocido en la localidad con el nombre del sistema Pla.

Los problemas de abastecimiento de agua y de energía suficiente para mover las máquinas animaron a los propietarios a instalar un generador de valor en 1878 y con ello a incorporar al edificio una chimenea.

A finales del siglo XIX la familia Tort arrendó el edificio a la razón social Hijos de Juan Soler dedicada a la elaboración de tejidos que se había instalado previamente en edificios contiguos. En 1933 la actividad papelera del edificio continuó bajo la razón social de Papelera del Molinar. Esta industria fue colectivizada durante la Guerra Civil y en 1938 se instalaron una nueva caldera de vapor y dos electromotores. Durante este periodo se construyó en el muro de la ladera próxima un refugio antiáreo.

 

El edificio después de la Guerra Civil se transformó una fábrica textil o borrera. En esta industria entraban tejidos viejos que se deshilachaban y se volvían a hilar para pasar posteriormente a tejerse. Durante estos años se incorporó un generador de gas pobre marca Korting de 30 HP en 1949 y otro en 1952. Según testimonio oral de Antonio Vicedo, gerente de la borrera, la familia arrendó a la familia Tort el edificio el 8 de diciembre de 1946 e instaló un motor de gas pobre que adquirió en Elda marca "Aznar" y una deshilachadroa o “diablo”. Con posterioridad el motor "Aznar" fue sustituido por un motor alemán “Kortindroft” de Hannover. La empresa dispuso hasta de tres diablos y un tinte de borras. La materia prima la traían los clientes. Esta forma de trabajar se denominaba “treballar a mans”. Los conocimientos se adquirieron con la práctica. Uno de sus hermanos, Paco, que había estudiado en la Escuela Industrial, en la asignatura de Dibujo Lineal, era el responsable de mantenimiento (manyà). En el edificio llegaron a vivir hasta 3 familias casi todo el año. La empresa se cerró sobre 1978. El edificio quedó en ruinas tras un incendio en agosto de 1996.

 

El problema del trabajo de los niños

 

Según informe del Hospital Civil de Alcoy con fecha de 22 de agosto de 1861 en el molino papelero se empleaban niños. En concreto se indica que Alejandro Bornai de 14 años, empleado de Enrique Tort en el molino del Ferro, fue ingresado presentando dos heridas: una en el dedo índice con pérdida de uña y destrozo de las partes blandas, y otra en el dedo medio, con la misma característica más fracturamiento y salida de la falange. Este tipo de accidente está descrito en otros molinos papeleros y estaba generalizado en la industria. Las condiciones labores de los mismos eran ínfimas pues se les pagaban salarios bajos, realizaban largas jornadas, a cualquier hora del día incluso a altas horas de la noche, privándoseles de un descanso esencial y manipulaban herramientas que podían producirles lesiones graves o incluso la muerte. La situación llego a ser tan dramática que en 1859 se convocó en el Ayuntamiento de Alcoy a 32 fabricantes de papel con el objetivo de prohibir el trabajo de niños menores de 16 años en los martinetes de dichas fábricas. Dicho oficio se dirigió al Gobernador en fecha 12 de abril de 1859:

En ciertos trabajos de muchísima exposición emplean estos fabricantes de papel niños de corta edad cuyo salario es muy corto respecto al que ganaría un adulto ocupado en la misma operación…el martinete, mazo de un peso enorme que movido por una rueda hidráulica bate el papel que una persona coloca debajo, variándole de diferentes maneras en el acto brevísimo que se levanta es el hecho a que me refiero. La imprudencia de los niños como ha manifestado se confía con sobrada ligereza la referida operación; y ya por que se distraigan, ya por que el monótono y acompasado golpeo aletargue sus sentidos especialmente en altas horas de la noche es lo cierto que continuamente se lamentan desgracias irreparables, por cuanto producen la mutilación de dedos y manos enteras. En el año 1858, según nota que tengo a la vista del facultativo del hospital se acogieron en el establecimiento doce de dichos infelices y en lo que llevamos del actual es cuatro”.

 

La respuesta de la patronal, el 20 de abril del mismo año, fue: “no solo ha convenido en que deben evitarse reemplazándolos por adultos” sino que además añadieron otras medidas: “creen indispensable para obviar todo reparo o resistencia que acaso pudiera presentarse, que se les prohibida por orden escrita de la autoridad valerse de menores de 16 años para dichas operaciones, y también para acotar los usos de las prensas que es de no menor riesgo que las otras….”.

En el oficio también figuraba la siguiente indicación “la conveniencia de que se dictasen iguales disposiciones respecto a los demás pueblos de esta provincia en las que hay fábricas de papel, como son Tibi, Bañeras, Cosentayna y Alcoser de Planes”.

Consecuencia de estas indicaciones, el 10 de mayo de 1859, en el Boletín Oficial de la Provincia de Alicante se hizo pública la siguiente noticia: “he resuelto que en lo sucesivo no se dediquen a estos trabajos los jóvenes menores de diez y seis años, haciendo responsables de los perjuicios que se irroguen por la desobediencia de esta disposición a los dueños de las fábricas y a los Alcaldes de Alcoy, Tibi, Bañeres, Cocentaina y Alcocer de Planes.”

No obstante, se hizo caso omiso de esta normativa pues el Hospital Civil de Alcoy, el 22 de agosto de 1861, envió una misiva al Alcalde con una relación de los niños que había sufrido accidentes en el martinete en alguna de las fábricas de papel de Alcoy. Los acuerdos que se tomaron no sirvieron para apartar a los niños de los martinetes, y por supuesto, no impidieron que su explotación continuara en otras fases de la producción del papel. Según recoge Coloma Pérez los niños, de 6 a 8 años, eran empleados como levaderos y sayaleros en jornadas como mínimo de 11 horas al día todos los días del año excepto domingos y fiestas de precepto. Los primeros podían cobrar entre 8 a 12 reales al día y los segundos tan sólo 30 céntimos de ptas. Las condiciones laborales y los efectos sobre el desarrollo de los niño no pudieron ser más deplorables

 

Descripción del edificio en sus últimos años

 

En el momento de su destrucción el edificio disponía de cuatro plantas. Según entrevista con Antonio Vicedo, a partir del segundo piso el suelo era de madera y el último piso estaba hecho con madera de Flandes, posiblemente por su antiguo uso como secadero de papel. En el interior del edificio sobre las paredes había paneles con cáncamos cuya función pudo ser soportar los listones donde se secaba el papel. Del exterior destaca la presencia de un azulejo de la Virgen del Pilar, con Santiago y posiblemente San Antonio Abad y un elaborado picaporte de hierro forjado en forma de dragón. Las ventanas inferiores disponían de rejas de hierro forjado.

Las paredes del edificio eran de mampostería con cantos de río. Las esquinas tenían refuerzos de sillería realizada con travertinos, y en algunos vanos se utilizó sillería de arenisca. Entre los vanos de las paredes también puntualmente se recurrió al ladrillo macizo. Obviamente los materiales utilizados en la construcción procedían de canteras próximas a la fábrica. En el 2013 todavía era visible la antena de televisión utilizada por las familias que vivieron allí en los últimos años, detalle que confirma su uso residencial en las últimas décadas del siglo XX. La cubierta de la principal nave se realizaba con un tejado de dos vertientes.

 

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios. Si continúa navegando, consideramos que acepta su uso. 

Molí de Ferro

Fuente: Cedida por la Antonio Vicedo Satores